Una analogía que proporciona salud y bienestar a la empresa.

Por Luis Jaime Lara Perea | Director de Caracol Consultores MX.
Presidente del Colegio de Diseñadores Gráficos de Jalisco CODIGRA.

En los inicios de mi actividad profesional me era muy difícil hacer ver la oferta de valor de mi profesión, el diseño gráfico, entre clientes de todo tipo: abogados, ingenieros, administradores, comerciantes, pasteleros, médicos, etc. No podía quitarles la idea de que eramos una profesión cosmética que sólo sabíamos hacer cosas “bonitas”. Tal parecía que, si funcionaban o no, a nadie le importaba.

En 1985, como parte de mis primeros clientes como independiente, visité a un médico y se me ocurrió explicarle el significado de mi trabajo de manera que pudiera comprenderme mejor. Le dije: “nosotros revisamos al paciente, lo diagnosticamos y le recetamos el tratamiento. Le entregamos originales mecánicos (en blanco y negro) los cuales no importa si usted los entiende, como sus recetas, pero que estamos seguros que si los presenta en cualquier imprenta le entregarán sus impresos, como en las farmacias, y mejorará la salud de su empresa o negocio”.

Encontré una analogía que me ha resultado muy eficaz hasta la fecha y cada vez que se me presenta un obstáculo acudo a ella encontrando rápidamente la respuesta. ¿Qué haría un médico?

Pues bien, un diseñador aprende a atender necesidades y a detectar los verdaderos problemas de un cliente mediante la aplicación de metodologías proyectuales que permiten un resultado eficaz. Sin embargo, al igual que con las recetas, no constituyen la solución final. Falta la medicina. Y aquí es donde entra la industria de las artes gráficas a surtir, cual farmacia de especialidades, cada uno de los puntos de la receta y hasta a recomendar equivalentes con ahorros en precios y en calidad de resultados.

De esta manera ambos profesionales trabajamos en conjunto buscando mejorar la situación de nuestro cliente respondiendo a sus necesidades. No es lo mismo ir con cualquier doctor que acudir con un experto como tampoco lo es acudir a cualquier lugar donde vendan medicinas para ahorrar adquiriendo las de mejor calidad.

En la selección de profesionales está el futuro de las empresas. Podemos cuidar de su salud haciéndolas crecer grandes y fuertes.

Atessourus, el coleccionista

Por Raúl Mayo Castro
Atessourus, el coleccionista. Imagen: Naturaleza muerta con libros y manuscritos y una calavera. Evert Collier.

Nadie vaticinaba un encuentro entre rivales bibliófilos. Consumido por los años y las enfermedades, el coleccionista de libros más destacado en el mundo, Atessourus Gendi, atravesaba un periodo crucial en su agotada existencia. No quería morir y que su legado impreso quedara en manos de alguno de sus desinteresados y anodinos parientes. Elucubró largamente el inverosímil escenario que las circunstancias le planteaban, tomó de golpe un trago de su copa de vino, acalló sus vacilaciones internas, hasta que decidió concertar una cita con su mayor competidor, el impredecible Mironne Silver.

¿Sucedería la inusual reunión? Silver, ante la propuesta de un encuentro con su enemigo natural, reaccionó con una negativa precautoria, sospechando con recelo que un obsesivo Gendi, intentaría comprarle o arrebatarle su apreciada adquisición: “Cardenno” o “Cardenna”, identificada como el texto perdido de William Shakespeare sobre el Quijote. Así es, la obra de teatro basada en un episodio de la inmortal novela de Miguel de Cervantes Saavedra. La coincidencia soñada de los dos genios de la literatura.

Acerca de este invaluable ejemplar, se establece que fue escrito por un Shakespeare muy cerca al finito de su carrera. La referencia es clara y confiable, pues la menciona entre sus registros el libro de contabilidad del tesorero del rey Jacobo I de Inglaterra (1566-1625). Mirone Silver no la entregaría jamás. Claramente, Atessourus le hizo saber que esa no era la intención de la entrevista. Sin impedimento mayor, la cita se programó para la tarde del viernes en un discreto café de Borneos.
Una vez acomodados en los confortables sillones, provistos de una tenue luz, ambos coleccionistas comenzaron a charlar de sus envidiables posesiones. Más de una vez, Atessourus acometió con toda la intención de explayarse, tenía en su haber 321 textos, destacando entre ellos “El Códice Amiatinus”, el manuscrito completo más antiguo. Además, el “Libro de Dzyan”, considerado el primer libro de la historia. Una joya misteriosamente cifrada por símbolos, imágenes y arcanos que sólo unos pocos elegidos podrían interpretar.

Sin ánimo de adversar, consciente de que su colección era sencillamente un poco más modesta, aunque salpicada por volúmenes imposibles de ignorar como el primer Necronomicón; el libro de las leyes de los muertos, el original que muchos desdicen en sus referencias, no el imaginado por el escritor Howard Lovecraft. Mironne decidió poner fin a tan insustancial reto a las vanaglorias mutuas, hizo la trascendental pregunta que por momentos, elevó a desmesura la tensión en el ambiente: ¿Qué es lo que en realidad te impulsó a este inusual encuentro entre nosotros?

– Seré todo lo directo que requieres de mí, advirtió un Atessourus, quien de pronto se vio oscurecido en su semblante, como si todo peso de sus 82 años se le echaran encima. – Voy a morir en breve, mis médicos aseguran que sucederá en un lapso menor a los seis meses. Tengo un coctel de insuficiencias y de reparos cardiacos que se complican con la edad. En fin, te propongo que compartamos nuestros tesoros. Determinemos una bóveda biblioteca a la que únicamente tú y yo tengamos acceso. Ahí podremos disfrutar sin ambages ni restricciones de aquello que nos produce placer…

Mironne Silver, con el rostro vivamente encendido, respondió – De verdad lamento la condición en que te encuentras, y contesto a tu desesperación: No soy de los que comparten sus tesoros, ni creo que tú lo seas. Además, nada me garantiza que urgido por tu anticipada muerte, esto no sea una más que estrategia para quedarte con todo, con la mayor colección de libros, manuscritos, códices e incunables de la historia, sería una corona épica para tu bibliofílica existencia.

Preparado para el rechazo inicial, Atessourus lanzó la siguiente y definitiva propuesta: – Tu garantía es un documento que firmaré en tu presencia ante notario. A mi muerte, todos los libros que poseo quedarán en tu poder sin reservas ni condiciones. Nadie en mi familia se los merece. Aunque no lo queramos, tú y yo, compartimos esta mezcla de manía adictiva y de reverente afición, eso es algo que respeto y que nos hermana…

De inmediato, Silver reaccionó – Pero yo no firmaré nada respecto a legarte mis impresos. Nada de que en caso de morir primero, tú dispondrás de mi colección. No quiero que tengas la más leve intención de eliminarme. Sería el más idiota si termino por entramparme, abriendo la alternativa para que todas mis colecciones pasen a tu poder. Si aceptas esta condición, créeme, acepto, y desde ahora mismo, acordemos como dos buenos asociados los detalles de la compartición.
Por un instante, un destello maligno iluminó sutilmente los rostros de los coleccionistas. Temblorosos por la emoción se estrecharon las manos. En menos de un par de semanas construyeron una especie de búnker, una insólita biblioteca con minuciosos códigos y mecanismos de seguridad, durante horas se entumecían sentados admirando y oliendo la sacralidad de sus reliquias, a las que únicamente ambos tenían el privilegio de acceder.

Seis meses después de su pacto, Atessourus, contradiciendo a los terminales pronósticos de sus médicos, seguía deambulando en la tierra de los vivos; de hecho, se alejaba de las circunstancias precarias de salud y parecía cada vez más vital, más despierto. La disponibilidad a los tesoros impresos que toda su vida anheló, renovaba sus fuerzas y agigantaba de modo evidente sus deseos de vivir. Nada de esto agradaba a un huraño y sorprendido Mironne.

Un anochecer de compartir sus maravillas en la biblioteca, Mironne Silver sucumbió a la tentación de terminar fúnebremente con el trato. Aprovechó que su revitalizado socio dormitaba con la sien expuesta en el escritorio principal, sin dubitaciones, accionó furtivamente un mecanismo que precipitó de su estante una voluminosa enciclopedia, una colección laminada de manera conveniente para su preservación. Bastaron los dos primeros ejemplares, los cuales al golpear pesadamente la cabeza del octogenario, produjeron su muerte, de manera casi instantánea.

– Atessourus, no has podido tener una muerte mejor, se dijo a sí mismo, un Mironne con el rostro tétricamente demudado y desafiante. Había triunfado en toda la línea. Era dueño absoluto de la más importante colección librera de la Tierra. Eso creía, mientras que un estallido que correspondía a un incendio, comenzó a propagar llamas en todo en el lugar. El exabrupto provenía del cuerpo de Gendi, operó de modo calculado, al activar un sofisticado explosivo, el artilugio estaba finamente sincronizado con el último latido de su corazón.

Ante el inesperado suceso, Silver enloqueció de rabia y dolor al contemplar impotente la destrucción de las obras. Sufrió quemaduras irreversibles al querer salvarlas, su juicio se obnubiló arriesgando su integridad física, sin mayores recompensas que la salvación de tres códices y dos libros. Sí, y por más que anhelara volver a empezar, no había forma de recuperar el legado único y original. Hoy mismo, Mironne, quemado hasta la deformidad, pasea sin sentido en bibliotecas comunes, robando libros baratos, comerciando con bagatelas, totalmente perdido en la mediocridad.

Francisco Severo Maldonado, otro cura rebelde y editor…

Por Gustavo González Godina
Francisco Severo Maldonado

Hay un personaje mexicano, actual (aunque seguramente pasará a la historia de nuestro país y será recordado y citado por muchos), que es bien conocido por la mayoría de la gente culta -y la mayoría de los impresores lo es, gente culta-, porque escribe “a destajo” dirían en mi pueblo y le publican diario sus artículos en un montón de periódicos de México (al menos en 150), y lo hace con mucha inspiración y un gran sentido del humor. Cuenta chistes en su columna “De política y cosas peores”, después de orientar a la República como Él mismo dice a veces, y cosas muy sentidas en su “Mirador” (es para mí un verdadero poeta, mucho mejor que varios de los más famosos de los años recientes) y es ácido y rasposo hacia los políticos en una tercera colaboración diaria llamada “Manganitas”. Aunque su columna más conocida -porque es la que publican la mayoría de los medios- es “De política y cosas peores”.

Armando Fuentes Aguirre "Catón" Foto: www.debate.com.mx
Armando Fuentes Aguirre “Catón”
Foto: www.debate.com.mx

Es un viejito muy simpático de Saltillo, Coahuila. Es don Armando Fuentes Aguirre que utiliza el pseudónimo de Catón para firmar la columna mencionada. Periodista y escritor, a los 15 años de edad obtuvo su licencia de locutor de radio (tiene 79 pues nació en 1938) y de ahí se siguió por el mundo de la cultura y la academia. Es abogado, maestro en Lengua y Literatura y en Pedagogía; director de la facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Coahuila; la Universidad Autónoma de Nuevo León le otorgó el Doctorado Honoris Causa y es considerado -dice su biografía- “el historiador favorito de la nueva clase política” mexicana.

He leído sólo un par de los 16 libros que ha escrito: Lo mejor de Catón y La otra historia de México: Antonio López de Santa Anna, pero lo que más admiro de Él es su humor, lo estuve escuchando hace poco durante dos horas luego de un desayuno que compartimos, y lo hubiera escuchado toda la mañana si no hubiera dado Él por terminada la plática. Un chiste que me hizo el día hace algún tiempo (no podía yo parar de reír, me seguía riendo mientras me bañaba):

El pequeño Leroy a su mamá en Alabama:
Mami mami, cuando yo sea grande quiero ser del Ku Klux Klan.
Ay mijito… además de ser negro eres pendejo.

Tiene Catón una serie de personajes ficticios para sus cuentos y con frecuencia dice: Me hubiera gustado conocer a fulano de tal y mete ahí el nombre del personaje, real, del que va a hablar. Por eso me acordé de Él ahora, porque a mí me hubiera gustado conocer al padre Francisco Severo Maldonado.

Hizo el padre Severo muchas cosas, pero pasó a la historia por haber sido el editor del primer periódico que publicaron los Insurgentes durante la Guerra de Independencia. Que duró muy poco (el periódico), ni siquiera un mes, el primer número apareció el 20 de diciembre de 1810 y el último el 17 de enero de 1911, es decir sólo 29 días en los que se imprimieron sólo siete números, pero con eso contribuyó Francisco Severo Maldonado a la causa de la Independencia de México.

Era párroco de Mascota, Jalisco cuando se le ocurrió la idea de hacer el Periódico y así se lo propuso al también cura Miguel Hidalgo cuando se encontraba éste en Guadalajara. Al Padre de la Patria le pareció buena la idea y le encargó que pusiera manos a la obra, lo que se hizo utilizando una imprenta propiedad de Mariano Valdés y administrada por José Trinidad Buitrón; los impresores eran José Antonio Hernández del Castillo y José María Ibarra. De cada edición se hicieron 2,000 ejemplares y cada uno costaba 2 reales. El padre Severo era de los principales editores junto con Ángel de la Sierra.

El Despertador Americano
El Despertador Americano, primer periódico publicado por los insurgentes durante la guerra de la Independencia de México.

En el primer número -que se publicó el 20 de diciembre de 1810- se le comunicó a la población lo que estaba pasando en España debido a la invasión francesa, lo que les servía aquí a los insurgentes como justificación para el movimiento armado en busca de la independencia. Pero… menos de un mes después, al ser derrotados los insurgentes en la Batalla del Puente de Calderón, la publicación del padre Severo fue interrumpida y los redactores e impresores llevados a juicio.

El padre Severo Maldonado nació en Tepic (antes Nueva Galicia y ahora Nayarit) en 1775 y murió en Guadalajara en 1832. Fue catedrático y escritor, maestro en Filosofía y doctor en Teología, grados académicos que obtuvo en el Seminario de Guadalajara. Fue párroco de Ixtlán y después de Mascota, y una vez terminada la Guerra de Independencia lo fue también de Jalostotitlán, cuando lo llamaron a firmar el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

Poco antes publicó en 1822 el Fanal del Imperio Mexicano, y antes había sido obligado a colaborar en la edición de El Telégrafo de Guadalajara, periódico de línea totalmente contraria a la causa de la Independencia, o sea que sus habilidades como editor eran ampliamente reconocidas, pero pasó a la historia por la primera publicación que se le ocurrió a Él para servir a la causa de la Independencia en apoyo de don Miguel Hidalgo, y que se llamó El Despertador Americano, nombre que lleva ahora el reconocimiento que otorgarán la revista Grafilia y el Colegio de Diseñadores Gráficos en ésta su novena entrega el 23 de noviembre.

No sé quién o quiénes irán a recibir en esta ocasión dicho reconocimiento, pero sin duda será muy merecido por su aportación al gremio gráfico de nuestro país, y será un gran honor (para mí lo sería si fuera impresor) recibir esto que lleva el nombre del primer impreso que contribuyó a la causa de la Independencia.

Por eso me hubiera gustado conocer al padre Francisco Severo Maldonado, todo un personaje que entró a la historia de nuestro país, éste como editor, porque yo también lo he sido durante muchos años y es una labor muy interesante y peligrosa a veces, entonces y ahora. Y no, nunca quise pertenecer al Ku Klux Klan como el pequeño Leroy.

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