Impresores Vs Adán y Eva 97

Por Gustavo González Godina

La noticia reciente acerca de que una investigación española y británica publicada en la revista Science, revela que en la cueva prehistórica de El Castillo (en Cantabria, norte de España) encontraron una pintura rupestre mucho más antigua que las de Altamira (en la misma región), éstas datadas con el carbono 14 en alrededor de 18,000 años de antigüedad, y las recién descubiertas fechadas con el nuevo método de datación por series de uranio (mucho más preciso que el del carbono 14) en hace por lo menos 40 mil 800 años, esa noticia, repito, me hizo preguntarme qué sería del mundo sin los impresores, y de mí que comencé trabajando en una imprenta y eso me empujó al periodismo.

Para ser sinceros lo primero que pensé fue que la antigüedad de esas pinturas rupestres echa por tierra, le da en la madre pues, a la historia de Adán y Eva y del Paraíso Terrenal, pues los judíos van en el año 5,778, o sea que según ellos y según las cuentas que hacen en el libro de El Génesis, hace 5,778 años que existieron Adán y Eva, que según ellos también (o según quien haya escrito dicho Libro), fueron los primeros seres humanos en el planeta. ¿Quién pintó entonces esos animales que parecen búfalos en la Cueva de Altamira, hace 18 mil años, y quién los animales y la manota roja que se ve en el techo de la de El Castillo hace 40,800 años?

Pero bueno, eso vamos dejándolo ya por la paz. No vaya a ser la de malas y que esta Revista sea como la cantina aquella en la que no se podía hablar de religión, de política, ni de futbol (porque se armaba la de Dios es Cristo), sólo de mujeres -así le dijo el cantinero al forastero-, y éste, harto ya de que no lo dejaran tocar ninguno de esos temas, le recordó al cantinero a su mamacita, que era mujer y de eso era lo único que se podía platicar.

No, la verdad es que cuando me invitó mi amigo Fernando Reyes Salazar a escribir algún artículo para esta edición, me acordé de la noticia de las pinturas rupestres, plasmadas hace tantos años por quienes yo considero que fueron los primeros impresores, que nos dejaron su arte en las cuevas para que supiéramos de su existencia. Es cierto que “imprimir” tiene otro significado y que se usa desde Gutenberg para acá, pero antes se las ingeniaban para “imprimir” de otras maneras, en tablillas los babilonios, en papiro los egipcios, en piedra los mayas y los olmecas y así sucesivamente.

Pero para mí que los de las pinturas rupestres también eran impresores. Y eso me hizo recordar que mi primer empleo, pagado, fue en una imprenta, la del gordo Javier Trujillo en el Puerto de Veracruz, donde me invitó a que le revisara yo y le corrigiera las tesis que algunos universitarios le llevaban para imprimir y encuadernar.

De ahí mi amigo Enrique Gómez Ramírez me invitó a la fundación de un diario en el Puerto de Veracruz, donde le hice a todo, desde corrector de ortografía y de estilo, reportero de la nota roja, de información general, fotógrafo, jefe de Información y jefe de Redacción, y hasta ahí llegué porque no había subdirector.

Después de eso el para mí inolvidable licenciado Ángel Leodegario Gutiérrez me invitó a dirigir El Diario del Sur, en Acayucan, en el Sur de Veracruz, a donde sí llegué ya como director pero igual, hice de todo, reportear, tomar fotos, corregir, cabecear, revisar… aprendí a formar (lo que ahora le llaman diseñar) las páginas del periódico, con tipos (letras) movibles, de acero, de plomo y hasta de madera para las cabezas de gran tamaño, las que tenía uno que acomodar y leer al revés, para que después de la impresión los letreros se vieran al derecho.

Aquello era un show, pero la función debía continuar y se puso más interesante cuando aprendí a manejar el linotipo, una máquina con un teclado en el que cada vez que oprimía uno una tecla, caía de un magazine (así le decían a una especie de caja metálica con una serie de canales en su interior, de una pulgada de gruesa más o menos, ancha en la parte superior y angosta en la de abajo), por la que salía la matriz (la fuente) que había uno tecleado. Se iba formando la palabra deseada, un espacio, otra palabra y así hasta formar lo que sería un renglón de una nota en las páginas del periódico. Luego, mediante una palanca que bajaba uno con la mano izquierda, ese conjunto de letras y palabras se elevaba, se recorría hacia la izquierda, bajaba, y al llegar a determinado punto salía del crisol un chorro de una mezcla de plomo y estaño, caliente, hirviendo, y se formaba así una barrita que en uno de los cantos tenía lo que había uno escrito, las había de diferente longitud, de una columna, de dos y de tres, según programara uno el ancho del recipiente donde caían las matrices y el palancazo hacia abajo (y se leían al revés también).

Después de eso aprendí a manejar la prensa, algo a lo que llamaban una prensa plana, que no lo era del todo pues tenía un gran rodillo como de un metro de diámetro, que al girar entintaba las cabezas y notas del periódico acomodadas en lo que llamábamos la rama, un doble marco de acero, del tamaño de dos páginas de papel standard. Ese marco doble iba y venía, mientras el prensista acomodaba hoja tras hoja para la impresión. Se imprimían dos páginas en una pasada, se sacaba la rama se metía otra con lo que debía ir en el reverso, y el prensista volteaba todas las páginas ya impresas para imprimirlas por el otro lado. Y así… (Ah, también la hice a veces de voceador en un Vocho, siempre que se emborrachaba alguien lo tenía que suplir yo).

Tiempo después me invitó mi amigo Conrado Vázquez a trabajar en el Ocho Columnas y me vine a Jalisco. Al entrar al edificio donde se imprimía ese periódico, vi que a la entrada había un linotipo, nuevecito, encerrado en una vitrina para que nadie lo tocara, y asombrado le dije a Conrado: Oye compadre, yo sé manejar esa máquina. “Ah no manches -me dijo- eso es una pieza de museo, está ahí nomás para que vea la gente cómo se hacía el periódico hace muchos años”. Pues yo la sé manejar, insistí. “Achis achis… ¿pues cómo era que hacían el periódico en Acayucan?”. Bueno, mira -traté de explicarle- cada reportero agarraba su losa de cantera, su martillo y su cincel, y se ponían a escribir sus notas. Las notas como quiera… las fotos… ¡ay las fotos!, era una bronca. Y la peor bronca era con los voceadores, porque ah cómo renegaban por lo que pesaba cada periódico y se tenían que llevar un montón.

Ahora cuál sufrir… chulada de revistas como ésta, chulada de impresión, de colores, de definición, cuáles pixeles (bueno, antes no sabíamos ni qué era eso). Ahora el único problema es cuando falla el internet, problema que no tenían, por cierto, los artistas de las tantas cuevas donde hay pinturas rupestres. Bueno, unas por otras.

Lo más leído de la semana

X