Cómo quiero diseñar o cómo puedo diseñar


Por Celso Arrieta

Ejercer el oficio de diseñador gráfico es una suerte de armonizar pareceres; la labor gráfica está impregnada de la búsqueda de acuerdos, la migración de sueños gráficos que se despiertan con el sonido de una alarma irritante que te levanta de no muy buena manera para rendirte en concesiones. Se diseña para complementar una empresa a la que le hace falta una especie de herramienta visual que pueda ejercer un impulso invisible que atrape miradas y conduzca desde inercias previstas hasta poco probables, a una meta simultánea entre el juicio del cliente y las razones del diseñador. Diálogo de partes que van inventando lo que se requiere en un curso aderezado por el gusto e incluso el disgusto, que dejan ver las vivencias entre uno y otro. Surgen frases que lo dicen todo: “Cuando estaba de viaje vi algo que me gustó”, “Si supiera lo que quiero te lo diría”, “Tú eres el que sabe”, pero pocas y contadas ocasiones se escucha el glorioso himno que rinde culto al diseñador comprometido: “Te dejo la libertad de proponer”. Esta frase dulce y eficaz logra sacar lo mejor que tenemos en nuestras entrañas gráficas, llenas de un compromiso por darlo todo a la mejor provocación.

Transcurren los años en relaciones de trabajo que se añejan. Entre colores matizados por intentos siniestros que no lo dicen todo, en raras ocasiones salen a la luz mensajes sin candados, gritones y alegres, dicharacheros de lengua suelta que pregonan para lo que fueron invocados.

Dí-selo por Celso Arrieta

He de conceder las muchas veces en que la insistencia de las modificaciones logran una solución que se abre paso entre todos los previos y brilla con especial resplandor, sin embargo en tantas otras ocasiones se pierde la frescura de las primeras muestras que se cotejan. Esto puede estar ligado (en mi caso) a que me gusta explorar otras posibilidades, opuestas o completamente diferentes de la línea a la cual daba consistencia en primera instancia. Estoy convencido de que no se trata de imponer o conducir, muchas veces se transita por una inexistencia imprecisa que se va forjando al paso.

Creo que el diseñador se va ganando su libertad expresiva a través de numerosas y repetidas asertividades al hacer con calidad e ingenio la diversidad de sus encargos. En una ocasión en que me llegó la oportunidad de realizar un cartel para un evento, quise “reinventarme”, así llamo al hecho de diseñar de otras maneras a la que me conozco o a la que me conocen y fue algo que a la distancia del tiempo me resulta curioso, incluso significativo. La encargada del proyecto y enlace me dio los datos para comenzar a trabajar y así sucedió. Comencé mi acercamiento a las muchas maneras en que un tema se puede resolver, era un congreso que de cierta manera me hacía reflexionar en que un ingrediente de formalidad era uno de los caminos propicios. Llegada la fecha de revisión de propuestas (normalmente presento 3 versiones) comencé a mostrarle las alternativas a la responsable del proyecto. No vi signos de sorpresa, alegría, ni nada parecido, lo que leía en su rostro era algo más parecido a la desilusión. Cosa a la que no reaccioné nada bien y comencé a decir que mi trabajo estaba bien realizado y que cualquiera de las alternativas cumplía de manera eficiente con la representación del evento, ¡mis años de experiencia así lo podían asegurar! Creo que mi ego herido habló usando mi voz, sin esperar lo que la otra parte tenía por explicar. Ella estaba un tanto acongojada por mi defensa y pausadamente comenzó a decirme que tenía tiempo deseando coincidir conmigo en un proyecto en común pues conocía muy bien mis imágenes, así que cuando se enteró de que trabajaríamos este proyecto se puso muy contenta.

Me dijo: “No intento decirle a un maestro de música cómo componer una melodía, respeto demasiado lo que un experto hace con su oficio y usted lo es, sin embargo, cómo puedo decirlo, explicarme… lo que yo quería es un “Celso”, con cualquiera de estos carteles que están colgando en su oficina quedaría completamente satisfecha, tienen algo que los hace especiales…”, a lo que respondí con prontitud y para evitarle mayores explicaciones: “Ya entendí, quieres un cartel en el que se reconozca mi sello. Está bien, así lo haré, dame tres días para volvernos a ver”. Al plazo de los tres días había elaborado hasta cuatro nuevas versiones; al mostrárselas ví esa sonrisa iluminada que no apareció en la primera ocasión y lo que dijo fue: “¡No sé cuál elegir!”, yo completé con el ego satisfecho: “Eso, ya no es problema mío”.

Este cartel fue seleccionado en la Bienal Internacional de la Ciudad de México y siempre tendré esas marañas mentales en las que me pregunto cosas acerca de lo que hago. ¿Qué es lo mejor, que me otorguen mi libertad creativa o que me tuerzan el brazo con reconsideraciones? Bueno, esta historia fue así, no todas terminan igual, en la mayoría de ellas me encantaría que me dejaran decidir ¡las alas con las que quiero volar!