Paraíso Perdido


Por Tierra Favel / Fabiola C. García Ruelas

Sofía había visitado esa imprenta junto con su grupo escolar. El lugar era conocido como La Dama de Tinta* debido a un gran mural de una mujer vestida de negro que decoraba uno de sus muros. Se decía que de vez en cuando el vestido de la dama se movía. El lugar se ubicaba en uno de los últimos edificios históricos que quedaban de Guadalajara, esa imprenta además, era la última sobreviviente que aún conservaba el antiguo arte de la encuadernación y del libro impreso. Sofía no había conocido los libros de papel. Eso en la ciudad. desde hacía años, era algo extraño, como extraños eran los árboles o los parques en medio de una ciudad entregada al desbordante tráfico y a la modernidad de altos edificios, cada uno dotado con varios filtros para el smog. La imprenta tenía en exhibición junto al mural, una pequeña colección de libros, muchos de ellos eran ilustrados, había otros de pasta dura y algunos magníficos ejemplares impresos en papel piedra.

La pequeña había quedado tan fascinada que su padre debió de comprar uno en la tienda del lugar, y lo hizo a pesar de su elevado costo. El libro que Sofía sostenía en sus manos era una copia de un libro de la colección encuadernado en pasta dura, no tenía autor, sólo las iníciales P.P. en medio de un campo de hojas. El ejemplar contenía excelentes ilustraciones a color. Había una en especial que capturaba su atención, la imagen de un hombre de traje y sombrero negros, con un gato blanco y una niña de unos seis años que caminaban a su lado, al fondo se podían ver árboles, y a medida que Sofía pasaba las hojas de papel piedra, el libro le revelaba nuevas maravillas: árboles, caballos, gente en bicicleta, un bosque llamado Los Colomos, enorme, un río vivo y desbordante en la avenida Patria. Eso ya no existía, Colomos era ahora un grupo de lujosos departamentos, y en medio de aquella avenida congestionada sólo había un parque largo. Esas ilustraciones eran las imágenes de un “Paraíso Perdido”.

Sofía conservó su libro como una joya. Y cuando estudiaba su carrera universitaria, consiguió empleo de medio tiempo en la imprenta de La Dama de Tinta, Así pudo hojear el ejemplar original y descubrir algo que su copia no contenía, había una frase manuscrita justo en una de las ilustraciones que mostraba el bosque ya extinto:

20.711463, -103.393556. Párate junto al puente, camina en dirección contraria a la corriente del río. Los rayos del sol deben venir desde el bosque, recuerda, aquí es importante mirar atrás, si lo haces bien, veras la puerta, preséntale el libro y está se abrirá.

Sofía no tardó en descubrir el enigma, una rápida búsqueda en Internet le reveló que los números eran coordenadas, el buscador la llevó al sitio exacto en el mapa de la ciudad, justo debajo del puente que unía Zapopan y Guadalajara, frente a lo que antaño era el Bosque Los Colomos. No lo pidió prestado, Sofía simplemente tomó el libro la tarde del sábado, y al día siguiente, por la mañana, se encontraba recorriendo el parque lineal de Patria, en busca de la puerta prometida. “Los rayos del sol deben venir desde el bosque”, ya no había bosque, sólo lujosos edificios, a pesar de la destrucción los enormes árboles seguían allí, dos antiguos centinelas apostados entre los condominios de lujo y el tráfico, conservados gracias al parque. El juego de la luz del sol entre el follaje y de los edificios, en donde antaño hubo enormes árboles, creaban un extraño espejismo de luz entre esos dos pinos. Detrás de ellos debía verse la avenida, pero en lugar de eso Sofía vio una lámpara y un edificio histórico, uno que sólo había conocido por imágenes de Internet. Cruzó la puerta con el libro en mano y frente a ella estaba Palacio Municipal de Zapopan, la Basílica hacia la izquierda, los arcos más allá, había árboles, muchos árboles, dio unos cuantos pasos contemplando lo que fuera, hace mucho tiempo, la Villa Zapopana, pero se veía mucho más antigua, inmemorial, no había un solo auto ni nada que hiciera referencia a la presencia de tráfico, de pronto, un carruaje paso a su lado, más allá vio a alguien sobre una bicicleta clásica, antigua, era como si de de repente, todas las ilustraciones del libro se hubieran vuelto reales. Sofía se quedo inmóvil cuando frente a ella apareció La Dama de Tinta, con su ondeante velo negro y labios carmín.

Bienvenida –le dijo la mujer–, el dueño de este lugar te ha elegido.
Sí, hablo de ese hombre que has visto ya en el libro. Bienvenida, hacedora de libros.

Los años pasaron… Sofía terminó la universidad y lejos de comprar un auto, eligió una bicicleta, una clásica panadera. Sofía aún trabaja en la imprenta de La Dama de Tinta, pero ella cambió un poco las cosas, anexó un pequeño vivero a la tienda de libros e instaló un ciclopuerto. Logró que los costos de los libros disminuyeran bastante, las personas que entraban en la imprenta se desprendían por un momento de sus aparatos electrónicos para hojear un libro, admirar las plantas, maravillarse con el mural y la leyenda de La Dama de Tinta. Y más de uno salía con un libro o una planta. Pero, lo que nadie sabe, es que Sofía sigue acudiendo a visitar la puerta, la atraviesa con frecuencia, de allá ha traído libros y plantas para vender en la tienda, cargando sus mercancías en su panadera, atravesando una ciudad congestionada y asfixiada por el espejismo de su propia modernidad, mientras carga sobre su bicicleta, los tesoros de un Paraíso Perdido.
* Revista Grafilia / Febrero de 2017 / La Dama de Tinta