La dama de tinta


Por Tierra Favel, Fabiola C. García Ruelas.
Imagen: Minuet, Frank Eugene | metmuseum.org

Dedicado al amo de calabozos y señor de lo fantástico: Ωme Galindo.

Alan miró el reloj, ya eran las diez de la noche y él seguía allí, al fondo se escuchaba el rumor de las máquinas trabajando, el suave vaivén del plotter imprimiendo, los golpes de las prensas cortando. Tomó una pastilla, la pasó con ayuda de un café expreso, el aroma de la bebida disimulaba un poco el fuerte olor a tintas y solventes de la imprenta en la que trabajaba, más allá, pintada sobre uno de los muros, se podía ver la figura de una mujer alta y esbelta, de sinuosa silueta cubierta por un largo vestido negro, su rebozo, también negro, permitía ver una leve pincelada de un rostro blanco, radiante y de impresionantes labios color carmín. Se trataba de un mural que databa de los albores del siglo XIX, la imprenta se encontraba ubicada en un antiguo edificio del centro histórico de Guadalajara, cerca de Plaza Liberación. Alan observaba el mural cuando Diana, una de sus compañeras que también hacia horas extras, se acercó mientras él limpiaba sus manos, manchadas de tinta, con una estopa empapada en tiner. Alan observó su piel, demasiado agrietada.

Eso no es bueno – le dijo la muchacha -. Terminarás con piel de lagartija. Además, esas pastillas que tomas para aguantar, tampoco son muy saludables que digamos.

Alan río desdeñoso mientras seguía observando a la dama del mural, la figura que representaba estaba inspirada en la leyenda tapatía de La Dama Enlutada, una bella mujer que se aparecía en las inmediaciones de la Catedral entre diez y once de la noche, capturando con su bella figura a todos los que por allí pasaban, para al final terminar asesinando a aquellos hombres galantes que se atrevían a seguirla. Los trabajadores de la imprenta preferían llamarla: La Dama de Tinta, por el color de su vestido y porque ahora el edificio era una imprenta.

Día tras día Alan, se excedía con el trabajo, era joven, quería ganar algo de dinero, a más trabajo más ganancia, Diana no era muy aficionada a quedarse hasta altas horas de la noche, en más de una ocasión le había recriminado su conducta, pero él sólo respondía con un leve movimiento de hombros, para después decirse a sí mismo “Mi Dama de Tinta, tú eres la única compañía que necesito”. Podría decir, que en más de una ocasión, había visto el vaporoso vestido de la mujer ondeando levemente, aunque no se atrevía a contárselo a nadie. Esa noche era diferente, se sentía especialmente cansado e incluso mareado por el olor de los solventes, él y La Dama de Tinta eran los únicos en la Imprenta. Mientras esperaba a que el plotter terminará, vio como el vestido de la mujer ondeaba, recorriendo levemente el muro que la contenía, su corazón dio un vuelco cuando, claramente, la mujer le sonrió con sus labios carmín, la máquina se detuvo, Alan tardo unos momentos en darse cuenta, pues sus ojos estaban fijos en el mural. Le tomó algo de tiempo regresar a la realidad, apagó el plotter sin siquiera molestarse en retirar la lona, salió de la imprenta tan rápido como pudo, cerrando y evitando mirar de nuevo el mural.

Afuera reinaba la noche, soledad y luz de faroles, Alan llegó hasta Plaza Liberación un poco aturdido, buscaba un taxi y sin embargo se encontró allí, la Catedral por un lado, el teatro Degollado hacia el otro, y a lo lejos, parada junto a una de las fuentes la vio, su Dama de Tinta lo observaba desde la distancia, intentó recordar “¿Qué contaba la leyenda sobre ella? ¿Qué era?” La cabeza le dolía, su corazón latía con fuerza. Le dio la espalda a la dama, pero cuando quiso dar un paso sintió una mano sobre su hombro, al volverse allí estaba ella, pudo observar su cuerpo sinuoso, de esbelta cintura, cubierto por la tela negra, su rostro escondido tras el reboso, una leve pincelada de sus labios carmesí asomaba bajo el encaje negro, ella caminó unos pasos y Alan, hipnotizado, la siguió. La dama se detuvo, él intentó hablarle y fue entonces cuando la leyenda vino a su mente, pero era demasiado tarde, la dama acercó sus labios a los de Alan, a la vez que descubría su rostro cadavérico, lanzó un cimbreante grito a manera de relincho, Alan sintió un fuerte golpe y cayó al suelo, inconsciente.

Días pasaron desde el acontecimiento, en la imprenta de La Dama de Tinta, el trabajo seguía. Alan había necesitado de un periodo de descanso luego de su encuentro con la bella enlutada, a decir de su médico, el exceso de trabajo sumado a los químicos con los que trabajaba, y los narcóticos extraños que tomaba habían dañado su salud. Él no recordaba mucho, sólo su desmayo tras ser besado por su Dama de Tinta. La versión del taxista que sin querer lo atropelló, aseguraba que el joven caminaba sin prestar atención, afortunadamente sólo fue un fuerte empujón. Una tarde, antes de cerrar, uno de los compañeros de Alan se acercó a él y mirando a la Dama de Tinta, le conto:

He visto como su vestido ondea, una vez, hace mucho, creí que me sonreía. Quise salir a buscarla, así como dice la leyenda, pero me acobarde, me encerré en la oficina…

Y tras este testimonio vinieron otros, incluso Diana había visto como el vestido de la Dama ondeaba sobre el muro. Alan aún podía sentir los labios de la Dama contra los suyos, no creía que hubiera sido una alucinación, estaba seguro que el accidente con el taxista lo había salvado de las garras de la Dama de Tinta, que de otro modo se hubiera llevado su alma.
Alan no es el único que continúa viendo como el vestido de la Dama danza sobre el muro, otros lo han hecho, y aunque su belleza aún lo deslumbra, no ha vuelto a quedarse hasta tarde, La Dama de Tinta es una buena compañera, pero ha decidido, que no quiere que sea la única.