Atessourus, el coleccionista 37

Por Raúl Mayo Castro
Atessourus, el coleccionista. Imagen: Naturaleza muerta con libros y manuscritos y una calavera. Evert Collier.

Nadie vaticinaba un encuentro entre rivales bibliófilos. Consumido por los años y las enfermedades, el coleccionista de libros más destacado en el mundo, Atessourus Gendi, atravesaba un periodo crucial en su agotada existencia. No quería morir y que su legado impreso quedara en manos de alguno de sus desinteresados y anodinos parientes. Elucubró largamente el inverosímil escenario que las circunstancias le planteaban, tomó de golpe un trago de su copa de vino, acalló sus vacilaciones internas, hasta que decidió concertar una cita con su mayor competidor, el impredecible Mironne Silver.

¿Sucedería la inusual reunión? Silver, ante la propuesta de un encuentro con su enemigo natural, reaccionó con una negativa precautoria, sospechando con recelo que un obsesivo Gendi, intentaría comprarle o arrebatarle su apreciada adquisición: “Cardenno” o “Cardenna”, identificada como el texto perdido de William Shakespeare sobre el Quijote. Así es, la obra de teatro basada en un episodio de la inmortal novela de Miguel de Cervantes Saavedra. La coincidencia soñada de los dos genios de la literatura.

Acerca de este invaluable ejemplar, se establece que fue escrito por un Shakespeare muy cerca al finito de su carrera. La referencia es clara y confiable, pues la menciona entre sus registros el libro de contabilidad del tesorero del rey Jacobo I de Inglaterra (1566-1625). Mirone Silver no la entregaría jamás. Claramente, Atessourus le hizo saber que esa no era la intención de la entrevista. Sin impedimento mayor, la cita se programó para la tarde del viernes en un discreto café de Borneos.
Una vez acomodados en los confortables sillones, provistos de una tenue luz, ambos coleccionistas comenzaron a charlar de sus envidiables posesiones. Más de una vez, Atessourus acometió con toda la intención de explayarse, tenía en su haber 321 textos, destacando entre ellos “El Códice Amiatinus”, el manuscrito completo más antiguo. Además, el “Libro de Dzyan”, considerado el primer libro de la historia. Una joya misteriosamente cifrada por símbolos, imágenes y arcanos que sólo unos pocos elegidos podrían interpretar.

Sin ánimo de adversar, consciente de que su colección era sencillamente un poco más modesta, aunque salpicada por volúmenes imposibles de ignorar como el primer Necronomicón; el libro de las leyes de los muertos, el original que muchos desdicen en sus referencias, no el imaginado por el escritor Howard Lovecraft. Mironne decidió poner fin a tan insustancial reto a las vanaglorias mutuas, hizo la trascendental pregunta que por momentos, elevó a desmesura la tensión en el ambiente: ¿Qué es lo que en realidad te impulsó a este inusual encuentro entre nosotros?

– Seré todo lo directo que requieres de mí, advirtió un Atessourus, quien de pronto se vio oscurecido en su semblante, como si todo peso de sus 82 años se le echaran encima. – Voy a morir en breve, mis médicos aseguran que sucederá en un lapso menor a los seis meses. Tengo un coctel de insuficiencias y de reparos cardiacos que se complican con la edad. En fin, te propongo que compartamos nuestros tesoros. Determinemos una bóveda biblioteca a la que únicamente tú y yo tengamos acceso. Ahí podremos disfrutar sin ambages ni restricciones de aquello que nos produce placer…

Mironne Silver, con el rostro vivamente encendido, respondió – De verdad lamento la condición en que te encuentras, y contesto a tu desesperación: No soy de los que comparten sus tesoros, ni creo que tú lo seas. Además, nada me garantiza que urgido por tu anticipada muerte, esto no sea una más que estrategia para quedarte con todo, con la mayor colección de libros, manuscritos, códices e incunables de la historia, sería una corona épica para tu bibliofílica existencia.

Preparado para el rechazo inicial, Atessourus lanzó la siguiente y definitiva propuesta: – Tu garantía es un documento que firmaré en tu presencia ante notario. A mi muerte, todos los libros que poseo quedarán en tu poder sin reservas ni condiciones. Nadie en mi familia se los merece. Aunque no lo queramos, tú y yo, compartimos esta mezcla de manía adictiva y de reverente afición, eso es algo que respeto y que nos hermana…

De inmediato, Silver reaccionó – Pero yo no firmaré nada respecto a legarte mis impresos. Nada de que en caso de morir primero, tú dispondrás de mi colección. No quiero que tengas la más leve intención de eliminarme. Sería el más idiota si termino por entramparme, abriendo la alternativa para que todas mis colecciones pasen a tu poder. Si aceptas esta condición, créeme, acepto, y desde ahora mismo, acordemos como dos buenos asociados los detalles de la compartición.
Por un instante, un destello maligno iluminó sutilmente los rostros de los coleccionistas. Temblorosos por la emoción se estrecharon las manos. En menos de un par de semanas construyeron una especie de búnker, una insólita biblioteca con minuciosos códigos y mecanismos de seguridad, durante horas se entumecían sentados admirando y oliendo la sacralidad de sus reliquias, a las que únicamente ambos tenían el privilegio de acceder.

Seis meses después de su pacto, Atessourus, contradiciendo a los terminales pronósticos de sus médicos, seguía deambulando en la tierra de los vivos; de hecho, se alejaba de las circunstancias precarias de salud y parecía cada vez más vital, más despierto. La disponibilidad a los tesoros impresos que toda su vida anheló, renovaba sus fuerzas y agigantaba de modo evidente sus deseos de vivir. Nada de esto agradaba a un huraño y sorprendido Mironne.

Un anochecer de compartir sus maravillas en la biblioteca, Mironne Silver sucumbió a la tentación de terminar fúnebremente con el trato. Aprovechó que su revitalizado socio dormitaba con la sien expuesta en el escritorio principal, sin dubitaciones, accionó furtivamente un mecanismo que precipitó de su estante una voluminosa enciclopedia, una colección laminada de manera conveniente para su preservación. Bastaron los dos primeros ejemplares, los cuales al golpear pesadamente la cabeza del octogenario, produjeron su muerte, de manera casi instantánea.

– Atessourus, no has podido tener una muerte mejor, se dijo a sí mismo, un Mironne con el rostro tétricamente demudado y desafiante. Había triunfado en toda la línea. Era dueño absoluto de la más importante colección librera de la Tierra. Eso creía, mientras que un estallido que correspondía a un incendio, comenzó a propagar llamas en todo en el lugar. El exabrupto provenía del cuerpo de Gendi, operó de modo calculado, al activar un sofisticado explosivo, el artilugio estaba finamente sincronizado con el último latido de su corazón.

Ante el inesperado suceso, Silver enloqueció de rabia y dolor al contemplar impotente la destrucción de las obras. Sufrió quemaduras irreversibles al querer salvarlas, su juicio se obnubiló arriesgando su integridad física, sin mayores recompensas que la salvación de tres códices y dos libros. Sí, y por más que anhelara volver a empezar, no había forma de recuperar el legado único y original. Hoy mismo, Mironne, quemado hasta la deformidad, pasea sin sentido en bibliotecas comunes, robando libros baratos, comerciando con bagatelas, totalmente perdido en la mediocridad.

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